ARITMETICA Y MASONERIA

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Los principios universales que rigen la manifestación son la causa y la razón de ser de las ciencias y artes tradicionales.

Dicho de otra manera, las ciencias y artes tradicionales buscan el conocimiento de las cosas desde la perspectiva del polo superior de la manifestación universal, desde su lado esencial y cualitativo, del lado de la luz que establece el orden en todas las cosas, por ello evocan y expresan, cada una en su ámbito, el orden y los principios que las rigen, poniéndolos al alcance del ser humano que las medita y estudia.

Las ciencias y artes tradicionales constituyen las ciencias y artes sagradas; el conocimiento de las cosas contempladas como sagradas o, lo que es lo mismo, de las cosas vistas como gobernadas por los principios universales, de los que dependen totalmente. Se las denomina indistintamente como ciencias o como artes ya que ambos términos tienen el significado de habilidad, maestría, virtud, para hacer una cosa.

Las artes tradicionales son medios de realización para el ser humano y no solamente medios teóricos de conocimiento de las cosas, pues en ellas el conocimiento es sintético e interno y no analítico y externo. Es un conocimiento efectivo, en el sentido de que quien conoce hace efectivo en sí aquello que conoce o, dicho de otra manera, es aquello que conoce. La utilidad de las artes tradicionales, verdadera utilidad que nada tiene que ver con la “utilidad” y “funcionalidad” modernas, consiste en su aplicación al ser humano, por la cual éste puede ponerse en comunicación con los principios que las establecen y realizarlos interiormente.

No ocurre así con las ciencias modernas, las cuales proclaman su independencia de todo principio de orden superior y no reconocen el polo esencial y cualitativo de la manifestación, desarrollándose en un sentido puramente substancial y cuantitativo con vistas a las aplicaciones prácticas a las que son susceptibles de dar lugar, el ámbito de la industria y la tecnología. Las ciencias contemporáneas buscan el conocimiento de las cosas desde el polo inferior de la manifestación, imponiendo un punto de vista en el que se sustituye el principio esencial por el principio substancial, la cualidad por la cantidad, presentando así invertido el orden real de las cosas. De esta forma, las ciencias despojadas de su sentido sagrado son ajenas a toda idea de realización espiritual del ser humano, pues al contemplar exclusivamente el lado substancial de la existencia, la parte individual podríamos decir, y desconocer, o ignorar, el lado esencial, la parte universal, ésta queda fuera de su alcance.

Lo mismo podemos decir de las artes modernas y contemporáneas, desvinculadas de las ciencias como queriendo representar el aspecto “trascendental” de la cultura actual. Lo cual es imposible pues queda igualmente fuera de su alcance al desarrollarse únicamente en el campo psicológico y sensorial, el cual pertenece también al polo inferior de la manifestación, a su parte individual. En las artes contemporáneas la aplicación se centra en el ámbito de lo estético, de lo sensible y psicológico, en el mundo intermedio al cual se quiere hacer pasar por el mundo superior o universal. Y así la “utilidad” y “funcionalidad” del arte moderno en modo alguno tienen por fin la realización universal del ser humano, pues el mundo de lo universal le sobrepasa y queda fuera de su alcance como sucede con las ciencias.

Las siete artes liberales nacieron bajo el signo de las artes tradicionales y fueron desarrolladas y transmitidas bajo este ascendente a la posteridad. Desde la antigüedad clásica, a través de los collegia fabrorum romanos, algunas pasaron a los gremios de constructores libres de la Edad Media y del Renacimiento quienes las transmitieron, a su vez, en el paso del Renacimiento a la Edad Contemporánea, a los masones especulativos de los siglos XVIII y XIX de donde han llegado hasta nuestros días, estando guardadas hoy en el simbolismo de la Masonería. Aquí se conservan los principios de esta herencia de nuestros antepasados científicos y artistas.

La Aritmética, la ciencia tradicional de los números tomados en su sentido analógico y simbólico, la cuarta de las artes liberales, la que encabezaba el quadrivium de los pitagóricos, está depositada en la Masonería. En la Aritmética tradicional, como en la Aritmética pitagórica, los números no son de ningún modo los números en el sentido cuantitativo y ordinario de esta palabra, sino que son al contrario puramente cualitativos, correspondiendo inversamente del lado de la esencia a lo que los números cuantitativos del lado de la sustancia (1), como Jámblico pone de manifiesto en su Vida Pitagórica (2) cuando dice:

Pitágoras decía en su Discurso Sagrado que Orfeo dijo que “la esencia de los números es el principio más providencial de todo el cielo, de la tierra, y de la naturaleza intermedia”. Decía que el número es lo más sabio, y añadía que era hermosa la contemplación del cielo en su conjunto y la observación de los astros que se mueven en él, pero que ello se debía a la participación de la esencia primera e inteligible. La primera esencia era la naturaleza de los números y proporciones que se extienden a través de todas las cosas, de acuerdo con los cuales todo está armónicamente dispuesto y convenientemente ordenado.

Por otra parte, las ideas platónicas son, bajo otro nombre, y por filiación directa, la misma cosa que los números pitagóricos (3), arquetipos o principios esenciales de las cosas, que representan el lado cualitativo de la manifestación.

De manera que la Aritmética tradicional no tiene nada que ver con la Matemática moderna cuyo desarrollo ignora el sentido simbólico del número, ya que únicamente ve en él una mera cantidad, cuando no tan sólo un signo. Para la Matemática moderna y contemporánea, la unidad es el primer número de la serie natural de los números enteros, que se obtienen partiendo de la unidad y añadiendo sucesivamente otra unidad. No es lo mismo en la Aritmética pitagórica. En efecto, aquí la misma palabra mónada designaba la unidad de la aritmética y la mónada entendida metafísicamente, diríamos hoy. El paso de la mónada universal a la dualidad no es tan simple como el paso del uno al dos por adición de dos unidades.

Para la matemática pitagórica, la unidad no era un número, sino el principio, el “arcano” de todos los números, digamos que era el principio y no el comienzo. Como el dos no era tampoco para ellos un número sino el principio de los números pares. Como el tres, que solamente puede ser considerado como el acoplamiento de la mónada y de la díada que da como resultado la manifestación o la epifanía de la mónada en el mundo de la extensión.

La distinción entre números pares e impares se remonta sin duda a Pitágoras, y su teoría esconde la ciencia lógico-matemática de los pitagóricos. Dios se complace en los números impares, dice Virgilio. La tradición masónica está de acuerdo sobre el carácter sagrado o divino de los números impares, como lo prueban los números que expresan la edad iniciática, las luces, las joyas, los hermanos que componen un taller, etc.

Los pitagóricos concebían los números formados y constituidos o representados por puntos dispuestos diferentemente.(4)

Distinguían entre números lineales, planos, y sólidos: Los lineales estaban representados por puntos alineados; los planos, por puntos formando figuras planas como el triángulo, números triangulares, el cuadrado, números cuadrados, y demás polígonos, números poligonales; y los sólidos estaban representados por figuras sólidas o poliedros como el tetraedro, números tetraédricos, la pirámide, números piramidales, y los paralelepípedos con forma de poliedro regular, números poliédricos. Así pues, la Aritmética de los pitagóricos, a través de la representación geométrica de los números, está directamente relacionada con la Geometría, de manera que ambas forman a modo de una sola ciencia. Esto mismo sucede en la Geometría y Aritmética de la Masonería. Por ello, la comprensión de los números pitagóricos, tanto desde el punto de vista simbólico como analógico, ayudará a la comprensión de los números sagrados de la Masonería.

juanmi